[...], escribiendo:

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Caer en cuenta del mundo nunca es fácil, requiere tiempo y reflexión. Que un día cualquier persona sea capaz de despertar sin sentir una de sus piernas y levantarse indiferente, nos resultaría incomprensible. 

            Que la sorpresa no pese. No hay necesidad de convertir en carga una característica del hombre. Si el primer reconocimiento de un suceso o un objeto nos es abrumador, si los sentidos lo experimentan, que sea ligero. Suficiente carga son la razón y la existencia.

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Derrumbemos los arquetipos. Se trata de comprenderlos inicialmente para después fragmentarlos en supuestos endebles que sean corruptibles. Lo más fácil sería hablar, por ejemplo, de un policía o de un político —digo fácil por lo inmediato que resulta y debido a la imagen pública que, a fin de cuentas, se ha transformado en el arquetipo de ambos, gracias a su incidencia reiterada—. Incluso del Hombre, ese ente genérico, que es frágil como un lirio cuando pretende ser duro y persistente como el olvido. En todas las subdivisiones podemos encontrar yugos que lo subordinan: en el hombre moral lo social; en el social lo económico; en lo económico lo físico; en el poético lo sensible; en el sensible lo inteligible. Esta enumeración no pretende ser de modo alguno, normativa ni total; no puede serlo, pues las relaciones nunca son lineales sino coyunturales.

            ¿La palabra?, ¿podría ser la palabra el arquetipo a derrumbar? ¡Qué lugar más común! Ni el hombre ni la palabra, atentemos contra lo magnánimo e inconmensurable que escapa a la percepción inmediata que nos condiciona: el universo, el tiempo, el instante, el fragmento: el orden. Para hacerlo no es necesaria teoría alguna. La teoría, en alguna de las tantas confusiones que genera al ser tomada por normativa, ordena.

Anotaciones sobre Poe

    Ulises Granados

    “El arte es la forma más intensa del individualismo que el mundo ha conocido.”

    Oscar Wilde

 
La mayoría de nosotros, quienes disfrutamos de la literatura, hemos tenido la oportunidad y la fortuna de aproximarnos a la obra de Edgar Allan Poe.  De una u otra manera, hemos escuchado sobre las historias de “El gato negro”, “La máscara de la muerte roja”,  “El corazón delator” o “Morella”, si no, habremos escuchado mencionar su poema “El cuervo” o sabremos que ha recibido el mote de “padre del cuento moderno” con justa razón, pues, a fuerza de lecturas y memoria, lo hemos comprobado colectivamente y este año podemos jactarnos de celebrar el bicentenario de su nacimiento y  de conmemorar su aniversario luctuoso CLX.

     Estas cuatro décadas de vida (1809-1849) dejaron una obra que si no luce por vasta, lo hace por paradigmática —porque así la hemos asumido—; que cuestiona la naturaleza del hombre; que asume el romanticismo en el que nace, pero anhela al positivismo que se avecina.  Ya lo menciona Marcela Testadiferro: “La línea que une al positivismo y la burguesía necesitaba una literatura que pudiera hacerse cargo de la causalidad […] De hecho Poe se encuentra en la bisagra que liga y diferencia entre el romanticismo y el positivismo”. De una manera más clara, Poe acude a los sueños como una realidad palpable, pero pone su entendimiento al servicio de la ciencia y la razón, y es dentro de este mundo que admite ambas posturas donde se vuelven verosímiles los personajes y las situaciones que narra.

     Para Baudelaire, uno de los elementos presentes con mayor fuerza en la obra del norteamericano era lo perverso intrínseco al hombre, la naturaleza malvada de éste. Entonces, si se nos presenta a la muerte roja en su faceta antropomorfa, silenciosa y latente y, a la vez, caótica y tangible, lo hace en esta realidad donde es posible, así la muerte llega y desangra al cuerpo por los poros a pesar de los intentos del príncipe Próspero por evitar su deceso y el de los suyos. Sin embargo, una observación moral subyace en sus textos y dentro de cada uno de los personajes, en este caso, el príncipe, de manera natural, sin justificaciones éticas ni sociales, procura el bien de la gente próxima a sus gustos o intereses y omite a los otros. Es claro que esto no se enfatiza en la voz narrativa para conseguir el efecto que persigue el cuento en sí, por eso mismo, por esa omisión, se asume la naturaleza de un personaje que deja de ser héroe y se aterriza o, mejor, se humaniza, y el efecto es logrado por lo inevitable de la muerte, que en este caso es representado por la peste, a pesar del goce que experimentaban los recluidos.

     Otro ejemplo de esta coexistencia puede verse en su relato, mucho más complejo tanto estructural como conceptualmente, “Morella”, donde los juicios morales nos confrontan con un personaje que de inicio nos parece distante y racional, pero termina siendo un enamorado que se sorprende ante un suceso fantástico si no onírico. Para explicar este cuento de una manera más profunda es necesario señalar la insistencia en el principio de identidad que hace tanto en el epígrafe que escoge (“El mismo, sólo por sí mismo, eternamente Uno y único.” De Platón.), como en las propuestas teóricas que enuncia sobre el tema (definición de persona, la definiciones de Locke y Schiller de identidad personal e identidad respectivamente);  también es necesario asumir que “es una felicidad maravillarse, es una felicidad soñar”. Y es más por esto último, me parece, que el cuento logra la sorpresa y el impacto necesario en el lector. ¿De qué otro modo podría ser justificada la desaparición del cadáver de Morella, sino fuera “una felicidad soñar”?

     Cuando el personaje reflexiona sobre su estado anímico y su desdén por Morella o su amor por la hija a lo largo del relato, y sólo en esos momentos, logramos ver, porque decide mostrarse esa parte del narrador voluntaria y espasmódicamente, un desarrollo psicológico notorio y perturbador: el amor que predica por la hija a la que jamás le pone nombre, a manera de redención,  después de la muerte de la esposa. Y es que si necesita redimirse ante sí mismo es porque existe en voz del narrador la pregunta: “¿Diré entonces que anhelaba con ansia, con un deseo voraz, el momento de la muerte de Morella?”.

     Desconozco si la figura de maldad ya había sido utilizada en la literatura como una característica esencial en el hombre, pero al menos, en la obra de Charles Nodier, francés contemporáneo de Poe, la figura del mal es siempre externa y capaz de tentar al hombre arrastrándolo a su muerte, como en el relato “El tesoro del diablo”. Escojo este cuento debido a la presencia de esta figura insalvable en la literatura occidental que es el Diablo no se presenta físicamente ante los ojos de los tres personajes, sino sólo a los del sirviente, quien termina muerto debido a la ambición de robarle al caído. A diferencia de la postura de Poe ante el hombre como ente malvado naturalmente, parece que el relato de Nodier parte de la suposición del hombre corruptible que es azuzado al pecado por una fuente ajena a sí mismo. Esta institución del Mal como objeto salvable y capaz de ser alejado del hombre, olvidado por su espíritu, se nos presenta como imposible dentro de la narrativa de Poe. En ella, si hay maldad, es de forma natural, incuestionable e irrevocable por inherente.

     De esta concepción del hombre parten al menos las obras de dos escritores de habla inglesa posteriores a Poe, quizás a manera de herencia directa, el primero de ellos, Ambrose Bierce, percibe esta cualidad del hombre de un modo similar, pero la lleva a la sus últimas consecuencias con relatos como “Chikamauga” o el libro de relatos “El club de los parricidas”, donde la muerte es dada por el hombre al hombre mismo.

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Ayer, buscando un cuento de Ray Bradbury, llegué a un grupo en Yahoo que, si bien se había formado en 2003, fue abandonado en cuestión de meses, y para mediados del 2004 ya alguien había posteado el último mensaje en el foro y el administrador ya había subido el último documento. Este grupo, en la medida de lo virtual, era muy reducido. Apenas rebasaba los 200 integrantes y, sin embargo, la idea de tener a más de 200 personas reunidas con un interés en común en un espacio real parece importante. Imagino que no sabría cómo dar inicio a una reunión con tanta gente a la espera de un juicio, de una reseña o una recomendación. Y ahora parece tan absurdo un grupo de esas características. Pero, sobre todo, parece absurdo que a poco más de 7 años, un grupo como aquel sea anticuado y obsoleto. Tal vez se haya tratado de espacio para reunir sólo a estudiantes de algún curso o a los amigos interesados en conocer más sobre la obra de tal o cual autor. No importa. Su alcance y dimensiones le da un aire risible, ridículo. 

Sin embargo, este grupo es una obra que se sostiene en sí misma y permanece en un sitio definido (con lo complejo que pudiera ser encontrar una definición para “sitio” en este contexto). No hablo sólo de su carácter de documento, de registro histórico de ciertas actividades culturales que se valen del internet y de la inmediatez de la comunicación vía medios electrónicos. Me refiero, antes que a cualquier otra cosa, a que está ahí, vigente, actuando pasivamente. Me refiero a que cada grupo, cada blog, cada correo electrónico que nuestra cuenta pueda almacenar, antes de ser borrados para siempre de la memoria del internet, cualquier obra puede ser consultada, cualquier memoria puede ser revisitada en términos completamente diferentes a los de la memoria propia. Y esta inmensa obra de consulta, está creciendo constantemente, a pesar de que la pantalla de una computadora, de una tablet, de un celular, nos reduzca el campo de visión a una página a la vez, a pesar de que el ritmo de vida nos obligue a deshacernos de memorias inútiles, poco prácticas, no rentables. 

No sé si encontrar aquel grupo de literatura en Yahoo me puso de buen humor, o sí fue el reconocimiento de que otras personas, de otros lugares y en otros momentos haya tenido intereses similares a los míos (aunque puede ser que se se hayan olvidado de todo eso ya para esta fecha), pero todas esas pequeñas cosas olvidadas que un día encontramos son la prueba de que la gente hace cosas constantemente, de que se agrupa, comparte gustos, intereses. Y estos grupos, por pequeños que sean, me parecen más importantes cada día, más importantes ahora que hay menos espacios públicos seguros, ahora que la gente desconfía de la gente porque el mundo es inseguro y violento, ahora que la educación es un bien de consumo y un marcador socioeconómico, ahora que tener un patrimonio se ha vuelto casi imposible sino se está dispuesto a adquirir una vida llena de adeudos, ahora que la ilusión democrática de que la igualdad es un valor ha triunfado, ahora que el discurso del poder habla de buenas costumbres y seguridad mientras aparatos del Estado asesinan y violan y engañan, ahora que la vida se ha reducido a producitivad, al valor y a la eficiencia de cada uno. Quizá un día vea a una persona desconocida a los ojos y me percate de que la gente todavía sonríe, de que todavía confía en que no todos los que caminan a su alrededor son violentos o peligrosos, en que no todos son ladrones, violadores, asesinos, secuestradores, sicarios, policías, militares, gobernadores, sacerdotes.